Confucio y el arte de gobernarse a sí mismo

Por Alice Socorro Peña Maldonado

Cuando el gobernador de She preguntó a Zilu sobre Confucio, Zilu no respondió. El Maestro comentó posteriormente: «¿Por qué no dijiste: “Es la clase de hombre que, en medio de su entusiasmo, se olvida de comer, en su alegría olvida preocuparse, e ignora la proximidad de la vejez?”.» (Analectas, 7-19)

Si hoy preguntáramos a líderes políticos, económicos y sociales sobre como se pueden describir, seguro cada uno respondería conforme lo políticamente correcto en un mundo donde las apariencias y la imagen juega mas que la sinceridad, que la verdad que responde a su propia vida.

Cuando uno estudia la obra de Analectas encontramos diversos episodios que explican el entusiasmo del Maestro Confucio acerca de la política verdadera que se deriva del conocimiento y análisis de la realidad y que aprendido desde lo profundo, lo enseñaba a sus discípulos, el cultivo de la fuerza vital de cada uno de sus congéneres, el no negar el conocimiento cuando la persona lo buscaba. Y para ello siempre animaba a sus seguidores: «Poned vuestro corazón en la Vía; basados en la fuerza moral; seguid la bondad; disfrutad las artes.» (Analectas 7,6)

El Maestro dijo: «Acumular conocimiento en silencio, estar siempre hambriento por aprender, enseñar a los demás sin cansarme, todo esto me surge de forma natural.» (Analectas 7.2.)

Pero su empeño por saber no le impedía compartirlo con sus más cercanos, a ellos confiaba sus hallazgos:

El Maestro dijo a sus discípulos: «Amigos, ¿creéis que os estoy ocultando algo? No oculto nada. Todo lo que hago lo comparto con vosotros. Así es como soy.» (Analectas 7.24)

No preocuparse es otro indicador del Maestro, quien “nunca habló de milagros, violencia, desórdenes ni espíritus” (7, 21).  «Yo me limito a transmitir, no invento nada. Confío en el pasado y lo amo. Los afanes del Maestro iban en otros niveles de importancia:

«No cultivar la fuerza moral, no explorar lo que he aprendido, la incapacidad de seguir lo que sé que es justo, y de reformar lo que no es bueno, todas éstas son mis preocupaciones.» (Analectas, 7,3)

Pero si hay algo que verifica el talante y compostura de Confucio de lo que verdaderamente era su humanidad está expresado en estas palabras:

«Aunque sólo se tenga poco arroz para comer, sólo agua para beber y el brazo doblado por una almohada, puedes ser feliz. Las riquezas y los honores sin justicia son para mí como nubes pasajeras.» (Analectas 7,16)

El Maestro Confucio murió a los 72 años (551 a.C – 479 a.C), y fue consciente de la brevedad de su existencia por esta tierra: “Me estoy volviendo terriblemente viejo”. Incluso de los limites respecto a su presencia en las responsabilidades que aceptaba: «Sólo tú y yo podemos aparecer cuando se nos necesita, y desaparecer cuando somos destituidos.»  Pero el tiempo bien usado era una muestra de un Maestro que era un aprendiz permanente:

El Maestro dijo: «Dame algunos años más; y si puedo estudiar los Cambios hasta que tenga cincuenta años, me liberaré de hacer grandes errores.» (Analectas, 7,17)

Confucio sobre todo valoraba cada ser humano como don para aprehender su potencial pero también reconocer sus límites. Consideraba afortunado aquel a quien se le señalaba los errores para corregirlos.

El Maestro dijo: «Ponedme en compañía de dos personas al azar, e invariablemente tendrán algo que enseñarme. Puedo tomar sus cualidades como modelo y sus defectos como advertencia.» (Analectas 7,22)

Por eso, su capacidad de conocer lo humano, le permitía entender lo difícil de conseguir un sabio virtuoso y por eso se contentaba de encontrar aunque sea un caballero que se rige por principios.

El Maestro dijo: «No puedo esperar encontrar un hombre perfecto. Me contentaría con poder encontrar simplemente un hombre de principios. Es difícil tener principios cuando la Nada pretende ser Algo, el Vacío pretende ser el Lleno y la Penuria pretende ser la Opulencia. La opulencia puede conducir a la arrogancia, y la frugalidad a la tacañería. Es preferible ser tacaños que arrogantes.» (Analectas 7,26 y 36)

El Maestro Confucio reconocía que a pesar de su celo todavía no había logrado vivir noblemente.

El Maestro dijo: «No afirmo ser sabio ni haber alcanzado la perfección humana. ¿Cómo me atrevería a afirmarlo? Sin embargo, mi meta permanece inalterable y nunca me canso de enseñar a la gente.» (Analectas 7.34.)

No se puede ser líder si no hay un camino de gobernarse a si mismo. Necesitamos un pueblo de líderes que iniciemos un camino donde somos simultáneamente aprendices y maestros de si mismos.

confucio-el-maestro

 

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