Sentipensando el Estado que queremos

A 200 años de la Independencia

Por: Alice Peña Maldonado

queremos_lo_justo

Como ciudadana considero que el Proceso Bolivariano Venezolano es un reto y desafío histórico para todos aquellos que nos encontramos en su espacio sociopolítico. Observo la importancia de hurgar en la historia pasada para comprendernos e incluirnos, solo así actuaremos en el presente con conciencia crítica y acción creadora y avanzaremos con pasos firmes en la construcción del futuro que anhelamos a partir de nuestras necesidades, intereses y expectativas ya sean individuales, comunitarias y colectivas.

Propongo en esta pequeña reflexión mirar la institucionalidad del Estado desde la cuestión social en el momento mismo del proceso independentista y su configuración hasta nuestros días. Más allá de ser exhaustiva y compartir precisiones históricas, que muy bien la puede hacer los historiadores, la propuesta es invitar al colectivo a estudiar el Estado no como algo estático sino desde la continuidad histórica cultural y desde un permanente cambio y movimiento en manos de quienes ostentaron el poder gubernamental de turno, para luego poderlo compartir e enriquecerlo en el marco del diálogo social transformador.

En principio quiero recordar al maestro Simón Rodríguez cuando planteaba la creación de nuevas instituciones para la sociedad americana, y entre estas seguramente la constitución del Estado como estructura jurídica base para el gobierno político facultado en garantizar a los ciudadanos la libertad, la educación y el trabajo, aspectos esenciales para ese momento y que sigue siendo tarea importante en la actualidad. Como este llamado, no faltaron otras voces para dar cuenta de lo que era necesario en la consolidación de la independencia real.

Aceptando el hecho de que los cambios no se hacen de la noche a la mañana, es de imaginar que la organización colonialista se preservo por un largo trecho, y sus formas fueron asumidas en la nueva república por parte de los nuevos actores, que siendo venezolanos su postura ideológica conservadora como miembros de la oligarquía criolla se oponían a modificar el orden social y económico establecido desde la colonia. En oposición, surgen los liberales, para proclamar los ideales de libertad e igualdad ante el incumplimiento de las promesas de libertad a los esclavos, la entrega de tierras a los campesinos que lucharon en la gesta patriótica y el trabajo bajo condiciones justas. Este hecho demostró fehaciente los antagonismos y las contradicciones propias de los líderes que ocuparon cargos en la incipiente nación republicana.

La cuestión social fue relegada y se afianzó una cultura política deshumanizada, enajenante y cruel ante las necesidades del pueblo, quien entregó todo en la lucha por la ruptura colonialista con la esperanza de obtener una mejora en su vida. Ante esta situación se produce la Guerra Federal cuyo implicado principal es el mismo pueblo que retoma de nuevo las armas en búsqueda de sus legitimas aspiraciones ante el escenario de grupos de venezolanos que tomaron posesión total de la producción y la comercialización en el amplio mercado post-colonialista, obteniendo ganancias superiores pues no tenían que enviar a España ya ni impuestos ni productos agrarios. Los que dirigían el Estado no habían desarrollado las leyes y procedimientos para regular las riquezas, obtener tributos y distribuirlas en servicios a la colectividad.

Si bien los actores de la colonia desaparecen, no así sus prácticas. La anarquía para delimitar los aportes a la nueva institucionalidad llamada República, de modo que asumiera los gastos e inversiones necesarias para el bien de todos, no era precisamente los intereses de la élite agraria. Si no asumieron su cuota de responsabilidad ante los nuevos libertos, dificulta pensar sus obligaciones con la nueva realidad institucional.

Los resultados de la guerra lo conocemos, se diezmo la población y la pobreza y miseria trastoco los umbrales de la familia venezolana, en su mayoría mestiza de claro predominio pardo en una mezcla de indios, negros y españoles y habitantes de la zona central donde se llevo a cabo los actos de la guerra fratricida. Si estos fueron golpeados duramente, no es de entrañar a las etnias originarias, las cuales permanecían invisibles para el Estado.

Luego de la Guerra Federal y lo que resta del siglo se incorporaron nuevos venezolanos a gobernar pero mantuvieron una acción a favor de los grupos conservadores de la élite agraria, incluso muchos formaban parte de ellos. No obstante, el Estado comienza a introducir algunos elementos de control y regulación propios de la hacienda pública, pero no lo suficiente, pues tuvo que acudir a empréstitos en el exterior o a la figura de expropiación de los bienes y propiedades de la iglesia. ¿A donde fueron a parar estos recursos? Podemos pensar para el gasto y la administración pública pero también para las ambiciones propias de los gobernantes ganados a los viajes en el exterior (Europa y Estados Unidos) y a los lujos y vicios de grupos que querían emular las costumbres foráneas. Muchos de los mandatarios dilapidaron los bienes públicos que debían ser distribuidos a la población, a las ciudades y a los pueblos.

Si bien el Estado contribuía al desarrollo de oportunidades de la producción agraria en manos de las élites y a quienes el compadrazgo favorecía, ésta no constituía una fuente de impuesto relevante para el mismo. ¿Cómo se puede entender, que en esas décadas las demandas del café y otros rublos agrícolas daban buenos dividendos a sus propietarios y el Estado cada vez más endeudado? Y la cuestión social pasaba de nuevo a ocupar el último lugar pues los afanes propios del poder y su mantenimiento, retrasaban la tarea del Estado en miras a garantizar los derechos civiles y sociales.

Lo que generada un pueblo desesperanzado que deambulaba de nuevo en busca de comida, de tierra propia y de oportunidades de trabajo. Se puede destacar que el Estado no contaba con recursos o bienes propios, lo que podía darle a la institucionalidad autonomía en sus decisiones, si realmente tenían la intención de favorecer al pueblo. Es, al principio del siglo XX cuando el petróleo vino a ser un recurso del Estado, el escenario político y económico cambio en 180 grados. El Estado pasa a monopolizar la administración de la renta petrolera, gracias al decreto que emitió el Libertador Simón Bolívar el 24 de octubre de 1829 sobre la propiedad del Estado sobre las minas. Este principio se respeto y se aplicó ante la presencia del Hidrocarburo en tierras venezolanas.

En este sentido, el Estado asume nuevas características dada esta situación, por ejemplo posee una fuente de ingresos significativa que no depende del tributo, se torna autónomo. El Estado reduce su capacidad de exigir el pago de los impuestos a sus ciudadanos y empresas del sector agrícola, y estos últimos grupos se debilitan y pierden representación y capacidad de presión para que el Estado acepte sus imposiciones. El Estado se convierte en inversionista, en empresario, en banquero y en el principal empleador del país; así como en el principal consumidor de bienes y servicios y promotor económico.

Los sectores económicos y sociales privilegiados y olvidados otros, en un primer momento se adaptaron dentro de una relación de dominación con la aspiración de ser beneficiados con una parte de la renta petrolera (préstamos, compras del estado, sueldos y salarios) lo que le confiere a los dirigentes que gobiernan una gran fortaleza política con relación a otros sectores de la sociedad. Sin embargo, en la década del 40´ nacen los partidos políticos bajo las influencias de ideologías eurocentristas (social democracia, social cristianismo y comunismo) quien a su tiempo, logran colonizar al Estado y se convierten en dominante, en tanto usufructúa los recursos públicos en beneficio de una parcialidad ideológica-política. Estas nuevas propuestas ideológicas, excluyeron aún más la producción cultural de un pensamiento propio enraizada en el pensamiento bolivariano. Por lo que sus posturas políticas poco respondían al interés nacional, sino a la interpretación de esas ideologías para llegar y mantenerse en el poder.

Recorriendo el siglo XX se comienza a visualizar el papel del Estado en materia de salud, de educación y de infraestructura. Con Juan Vicente Gómez se da inicio la construcción de obras públicas de gran envergadura que necesitaba mano de obra, incluso los mismos presos aportaron su trabajo, la higienización del pueblo y la incorporación de inmigración para incorporarlos al trabajo especializado.

En cuanto a Eleazar López Contreras con su Programa de Febrero orientó su trabajo hacia el trabajo, la higiene pública y la asistencia social, la lucha contra el analfabetismo y el control de la violencia, además de la inmigración y el colonialismo.

Y en el caso de Isaías Medina Angarita y Marcos Pérez Jiménez con el Nuevo ideal Nacional se vuelcan hacia la mediana industria urbana en deterioro del campo. Esto comporta un nuevo fenómeno enmarcado en el modernismo y positivismo donde el orden y el progreso estaba signado en dejar el campo, venirse a las ciudades e ingresar en las medianas industrias o participar en el comercio, generando dos problemas, la baja producción de alimentos y el éxodo campesino, denominado también migración y creciendo algunas ciudades en desproporción a su capacidad de generar productos y servicios a todos. La estructura del Estado no estaba capacidad para responder eficaz y eficientemente. Y el problema de la pauperización se agudiza y la deuda social, acumulada en el tiempo se visualiza en los cerros de la periferia de las grandes ciudades donde luego en invasiones masivas y constantes se construyeron los ranchos con las dadivas de los gobierno adeco o copeyano, mientras los legitimaban en los procesos electorales.

Estos dos grupos políticos (AD y COPEI) a partir de los años 60 se distribuyeron el botín de la democracia previsto por el Pacto de Punto Fijo. Pacto que no hizo más que favorecer a grupos políticos, sociales y económicos en medio de procesos de pacificación y estabilidad que hacían de lado a las grandes mayorías de venezolanos y venezolanas que anhelaban disfrutar la democracia conforme al estado de derechos. Así con el acceso a mayores ingresos por la nacionalización petrolera en 1975, una nueva clase social surgió la clase media “ta´barato dame dos” para morir con la entrada triunfal del neoliberalismo a través de los programas de ajuste 1989 y 1996 y auspiciado por el consenso de Washington, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Lo que profundizo la pobreza y nuevos estadios de pauperización social, económica y cultural se tornan estructurales, no siendo suficiente los programas sociales que se implementaron para enfrentar la crisis del sistema democrático, bombardeada desde el exterior por las políticas liberales.

Lo que resulto más indigno de la década del 90´ fue el proceso de privatización de las empresas del Estado por parte de la Sociedad Civil y las ONG´s apostadas en el Estado para deprimirlo, reducirlo, disminuirlo y deteriorarlo, bajo la ausencia de una Política Petrolera que desmejorara los precios en el mercado mundial y justificara la venta de la Industria Petrolera a intereses de las trasnacionales. Las arcas de la nación eran cada vez menos para pagar la deuda pública de los compromisos adquiridos en préstamos por los gobiernos de turno, disminuyendo el gasto público, la inversión en materia de educación, salud, infraestructura y empleo, lo que dio origen a un abismo infranqueable entre ricos y pobres, estos últimos desinformados y desconociendo lo que pasaba realmente y manipulados para que se ajustaran sus cinturones a las rigurosidades del mercado, haciéndoles creer en las bondades futuras del neoliberalismo.

Los medios de comunicación masivos, convertidos en nuevos actores políticos, publicitaron y estimularon la promesa, ejerciendo la desinformación y la manipulación, luego que los partidos políticos perdieron la credibilidad, así como la institucionalidad del Estado que juntos sufrieron la deslegitimación y el posicionamiento alcanzado en tiempos pasados.

Pero el pueblo es sabio y espero su momento. Eligió al presidente Chávez con la esperanza de un cambio en la Estructura del Estado y del Gobierno, que asumiera la promesa no cumplida de los gobiernos de la cuarta republica y más aún de la deuda social acumulada en 200 años después de la Independencia.

Han pasado 10 años de lucha continua, ha habido cambios jurídicos (CRBV y leyes), políticos (la participación individual y comunitaria), económicos (orientación de los dineros públicos a las misiones sociales), sociales (la inclusión), que el pueblo se ha visto favorecido, sin embargo, las elites conservadoras, (dentro y fuera de la revolución) mantienen una postura intransigente a los cambios y transformaciones que se han venido alcanzando en función de todos. Es de hacer notar la oposición de la sociedad civil integrada por los empresarios de Fedecámaras y la élite social y política que fue beneficiada en los 40 años de democracia representativa. Sin embargo, estos grupos siguen apostando por llegar de nuevo al poder Estatal como espacio natural para sus negocios, sin mostrar ningún interés por el pueblo. En sus declaraciones expresan el odio y el desprecio por el Estado por poseer el petróleo, ese oro que tanto ambicionan a favor de sus intereses de clase social, política y económica. Pero también porque conocen la capacidad financiera obtenida por la venta del petróleo, la cual permite subvertir el orden establecido por ellos en cuatro décadas de la Cuarta República. La oposición sabe que es viable el Socialismo y un Estado Comunal que permita la distribución equitativa de los recursos para el bien y disfrute de todos. Son conscientes que el proyecto de la Revolución Bolivariana fundada en los principios de justicia social y de derechos, de solidaridad y de participación protagónica, corresponsable y revolucionaria puede coadyuvar a las reformas institucionales a favor del pueblo venezolano.

Aún cuando se ha alcanzado logros importantes, falta mucho por hacer, es indiscutible el liderazgo del Presidente para seguir avanzando en la construcción de la Nueva Institucionalidad del Estado para festejar dignamente en el siglo XXI que un pueblo conoce su historia y defiende su identidad, que se une, que colabora, que se organiza y que produce una cultura de emancipación permanente y soberanía junto a los pueblos del mundo. Para esto necesitamos un Estado dialógico y educador que construya con su pueblo desde nuestra venezolanidad creadora, liberadora y transformadora.

http://www.aporrea.org/ideologia/a101674.html

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