A nuestra cultura política burocrática le sale contraloría social

Por Alice Peña Maldonado

La contraloría social es un espacio de participación ciudadana individual y colectiva que permite el ejercicio de control y vigilancia sobre la gestión del poder público y de las instancias del poder popular, así como de las actividades privadas que afecten el bienestar común. (Proyecto de Ley Orgánica de Contraloría Social 2010). Sin la participación protagónica, corresponsable y revolucionaria es imposible la contraloría social.

Para que el Estado/Gobierno que queremos y necesitamos los venezolanos y venezolanas se construya coherentemente y responda a los retos y desafíos del País en el contexto histórico que vivimos, obliga a la ciudadanía a una actuación clara, sistemática y organizada que permita contrarrestar una cultura política perversa de ineficacia, ineficiencia, corrupción e impunidad en el uso de los recursos públicos, así como una mentalidad alienante y burguesa que se apropia del bien común para sus intereses y ambiciones individuales o de grupos.

La participación ciudadana tal cual está concebida en nuestra Constitución de la Republica Bolivariana de Venezuela (1999) es asumida como principio de acción, como derecho y deber, como espacio o instancia de participación y como proceso sociopolítico, impulsando así la democracia participativa para superar la democracia representativa presente en el período de la Cuarta Republica.

Lograr esta participación individual y colectiva conlleva a un proceso de enseñanza-aprendizaje. La participación no es un acto espontaneo, es una acción producida por la reflexión y la acción política del ciudadano en un ámbito especifico (salud, seguridad, educación, leyes, deporte, economía, trabajo, cultura, tecnología, justicia, etc.) ya sea por necesidad, por interés o por expectativas.

Es innegable que el proceso bolivariano ha sido una tierra fértil en el fenómeno participativo donde todos los sectores de la vida nacional se han hecho presentes, afectos o no al proceso revolucionario. Basta recordar los círculos bolivarianos, los comités de tierras urbana, las mesas técnicas del agua, las cooperativas de producción, distribución y servicios, las radios comunitarias, los consejos comunales, los batallones socialistas, las empresas de producción social, los comité de usuarios y usuarias de los medios de comunicación, las unidades de producción social, las misiones educativas, culturales, de salud, de alimentación, de viviendas, de trabajo, el PSUV, entre otros, producidas desde la misma dialéctica histórica. En cada una de estas expresiones está un pueblo que se moviliza y se organiza a partir de sus necesidades, consagradas como derechos en la carta magna, lo que nos permite aprendizajes significativos ya sea individuales, grupales y colectivos.

A estas alturas del partido, cuando esperamos la aprobación de la Ley de Contraloría Social, (actualmente está aprobado el Proyecto) urge hacer un inventario del haber y el tener en materia de participación ciudadana. Si nosotros como ciudadanos y ciudadanas vamos a ejercer la contraloría social, debe comenzar a evaluarnos sobre nuestro modo de participar.

Sabemos que si hacemos un estudio de las fortalezas y las debilidades de nuestra participación vamos a encontrar aciertos y desaciertos, avances y frenazos, haciéndose evidente los antagonismos y contradicciones existentes, que es importante superar en el tiempo. Pues ante la Ley da por explicito que la participación es protagónica, corresponsable y revolucionaria.

Con toda la riqueza que la participación nos ha permitido acumular en los espacios sociales, políticos, económicos y culturales no podemos negar que falta mucho por hacer. Tenemos que problematizar nuestra manera de participar, generalmente inmediatista, “para ya”, para que el otro corra y lo haga”. Como decía el Maestro Freire: tenemos que cuestionar la realidad y dentro de ella, nosotros mismos y haciendo esto producimos conciencia crítica y concienciación en términos colectivos.

Es necesario “generar situaciones en las cuales las personas se ven forzadas a revisar acciones u opiniones acerca de hechos de su vida diaria vistos como normales, convertidos por tal razón en habituales, o percibidos como inevitables al considerarlos naturales”. Es una estrategia para desarrollar la conciencia crítica que, a la vez que se desarrolla en la reflexión acción. La problematización inicia la generación de una posición política entendida en el sentido amplio del término, porque impulsa construir y reconstruir una conciencia integral, no fraccionada, que produce una comprensión global de la sociedad en que se vive. (Freire, 1970)

La problematización es un proceso total; no se puede problematizar a medias, o de vez en cuando, respecto de una situación determinada. Y en el caso que nos ocupa la participación ciudadana de estos últimos 10 años debe ser motivo de estudio de nuestras universidades y por parte del Estado pero más aún por todos los venezolanos. Pues ninguno debemos aislarnos, marginarnos o excluirnos de la tarea contralora, desde el niño o la niña en la escuela o en el parque de diversiones, el o la joven en el liceo o en el centro comercial, los adultos en su trabajo o en el mercado, los consejos comunales con los entes estadales o gubernamentales, es decir nuestra vinculación con el mundo institucional público y privado. Este momento histórico necesita ser sometido a una reflexión crítica en la cual se active procesos cognoscitivos creadores, liberadores y transformadores para una participación de alto nivel.

Por eso la siguiente pregunta problematizadora: ¿Cómo podemos ser eficaces y eficientes en nuestra tarea de contraloría social si como ciudadano aun revelamos una cultura de no participación? Y por “no participación” refiero a la ausencia o defecto de una verdadera participación protagónica, corresponsable y revolucionaria.

El arribismo, la resistencia a la participación y al cambio, el desinterés por el bien común, el desconocimiento de la Constitución y la leyes, la indiferencia ante la cosa pública, la participación solo por razones económicas “si bajan los reales”, el desconocimiento de los planes y programas del Estado y de los gobiernos locales por desinformación o incomunicación, la participación en búsqueda de privilegios, la apatía ante los problemas comunes, el conformismo, el individualismo, la percepción de un Estado banco o abasto, la falta de métodos que permita desarrollar la sinergia y acción colectiva, la ausencia del sentido común, la disociación mediática, el débil sentido de identidad y pertenencia para el compromiso, la cultura del antidiálogo y del miedo. Todos y cada uno de estos elementos, y otros que es imposible en este artículo registrar, debemos superarlos pero para ello debemos problematizar en colectivo para una verdadera concienciación que permita una acción liberadora y transformadora de esta cultura de la “no participación”.

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