A nuestra mentalidad despilfarradora le sale contraloría social

Por Alice Peña Maldonado

En el proyecto de Ley Orgánica de Contraloría Social (Julio 2010) en la exposición de motivos expresa que: “el uso ineficiente, el despilfarro y la corrupción en el uso de los recursos públicos, son males que debilitan fundamentalmente a la revolución y tienen como aliados al burocratismo, el lujo, la mentira y a la injusticia, por eso hay que crear mecanismos poderosos para extirpar estos males, es un problema de cultura política, de mentalidades y de falta de participación ciudadana”

En el artículo anterior hice énfasis en la cultura política burocrática y en este me centraré en los imaginarios y las representaciones sociales que hay detrás de la mentalidad despilfarradora que tenemos los venezolanos y venezolanas respecto a los recursos propios y ajenos, las cuales tratándoles como riqueza de otros, no nos duele acabar con estos, cuanto antes, sin importarnos después si le puede hacer falta a otros o si habrá para mañana.

Los imaginarios y las representaciones sociales poseen una dimensión individual y son visibilizados en forma sensible, en un ícono, emblema o símbolo, o en relatos y discursos cotidianos que da unidad y fuerza de cohesión grupal o de organización social en la medida en que dicha representación sea trascendida como sentido. Pero aún así está sometido, por su naturaleza subjetiva o ligada a los sujetos, a la diversidad propia de la experiencia. O sea que el imaginario existe fraccionado en las versiones de las perspectivas y las historias individuales, como soporte de identidad y diferencia. (Rincón, 2006). Las representaciones sociales se encuentran en el conjunto de las condiciones y factores sociales, económicos, políticos y culturales que caracterizan nuestra propia sociedad y en el sistema de creencias y de los valores que circulan en su seno. (Ibañez, 1986)

En el caso que nos ocupa la mentalidad despilfarradora viene dada por representaciones sociales y colectivas generadas en diversos momentos históricos y que se acumulan para producir lo que tenemos hoy. Donde lo real y lo imaginario conviven, a través de significaciones y prácticas cotidianas, y se hacen perceptibles en las conductas, en los comportamientos, en los relatos y en los discursos cotidianos.

Afirma Ezequiel Ander-Egg (1998) que en el mundo de hoy, vivimos una sociedad alienada y sus instituciones y sus individuos estamos alienados. Esta alienación actúa como condicionante de nuestra manera de pensar, sentir, actuar y hablar. Donde a veces es difícil diferenciar de lo que somos como pueblo con una identidad propia a lo que la realidad histórica nos ha impuesto a través del colonialismo español y norteamericano.

Sin negar los condicionantes culturales que dejo el colonialismo español, subyacentes aún en nuestra vida republicana, prefiero fijar la mirada en el neoliberalismo mundial, refrendado por el Consenso de Washington en el marco del proceso de la globalización del mercado, cuyos actores fueron las corporaciones trasnacionales y el congreso norteamericano para impactar sobre nuestras economías latinoamericanas y del resto del mundo para así arrebatarles y expropiarles sus riquezas bajo la anuencia de las elites políticos y económicas nacionales.

Mirar en retrospectiva este hecho nos hace evidenciar un fenómeno de transculturización que se impuso sobre nuestra sociedad mediante la manipulación informativa-comunicacional, los cambios de currículos en la práctica educativa universitaria y la invasión publicitaria y tecnológica que produjo en nosotros nuevas creencias y estilos de vida, basados en el interés del dinero, el consumismo y la depredación del ambiente.

El paso del neoliberalismo no hizo más que deshumanizarnos, e impulsar estructuras económicas, mediáticas, políticas y educativas más deshumanizantes. Hasta las relaciones humanas se convirtieron en una transacción donde debía rendir ganancia. No es extraño que el cuerpo humano femenino y masculino paso a ser un producto de venta, donde estaba al capricho de la oferta y la demanda

Para los que estamos involucrados en un proceso de cambio del ser humano y de transformación de las macro y micros estructuras, observamos la necesidad de una actitud y acción crítica y propositiva de los mapas culturales e ideológicos si queremos superar los cuadros de deshumanización. La construcción de un nuevo Estado/Gobierno que apueste por el bien común y el interés colectivo a partir de la Contraloría Social pasa por un proceso de concienciación de lo que somos como resultado de una construcción histórica que nos ha hecho pensar, sentir y actuar alienada y enajenadamente.

Por concienciación se comprende el proceso donde los hombres y las mujeres en un dialogo permanente se encuentran para superar a través de la reflexión-acción la situación alienante y deshumanizadora, para luchar por la liberación de los condicionamientos históricos, y los factores que impiden el desarrollo integral ya sea como individuos o colectivos. ¿No es acaso la víctima de los procesos colonizadores o alienantes el más preparado para entender el significado de una sociedad consumista, y depredadora y la necesidad de liberación? Este despertar de la conciencia implica comprender realista y correctamente la ubicación del ser humano en la naturaleza y en la sociedad. Al alcanzar este conocimiento de la realidad, a través de la acción y reflexión en común, se revelan siendo sus verdaderos creadores y recreadores. De este modo, la presencia de los alienados en la búsqueda de su liberación, más que participación se transforma en compromiso (Freire, 2000).

Imagínense lo importante de este proceso de concienciación para debatir cada una de las palabras que pronunciamos, las actitudes y comportamientos que ejecutamos a diario, nuestras creencias y valores que expresamos sin ser tan conscientes de ello: desde aquel ta´barato dame dos de la mentalidad mayamera, el póngame donde haiga, la percepción social que todo se arregla con dinero y con cosas, la instauración de la cultura VIP donde la búsqueda constante es el privilegio, la cultura del shopping, el consumismo como concepto de felicidad promovido por la publicidad, la ausencia de una cultura del mantenimiento y cuidado de las cosas, el facilismo y el inmediatismo, la ausencia de sentido de la vida y del otro, el deterioro del sentido de pertenencia y valoración de lo nuestro, todo esto y otras más, se contraponen a una cultura contralora.

Contralora del uso adecuado y racional de los recursos que tenemos, y que debemos administrar debidamente no sólo para nosotros sino para las generaciones venideras. Ser indolentes ante el despilfarro es no comprender la responsabilidad histórica que tenemos para hacer inversiones productivas a corto, mediano y largo plazo. Desde el mismo hogar, los consejos comunales, la escuela, los medios de comunicación son espacios para profundizar nuestra mentalidad y superarla, pues de lo contrario, será cuesta arriba proteger el bien común de los venezolanos: el petróleo.

(*) Profesora de la UBV

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